En medio de los quehaceres típicos del sábado, me picó el hambre.
Buscando experimentar algo nuevo para compartir con ustedes, me encaminé a una “guagüita” ubicada frente a la estación de gasolina que está en la intersección de la carretera número 2 y la Avenida Rubertte de Ponce.
Según fuentes confiables en el bajo mundo culinario, esa guagua es un bastión de comida dominicana.
Para desdicha mía, no trabajan los sábados.
Como ya la cosa del hambre hacía crisis y mis tripas sonaban como carro de caco viernes por la noche, resignado a resolverme con cualquier cosa recordé un negocio tipo “fast food” que ubica en la cercanía y llamado Blankita. Por lo meno se anuncia como “fresh mexican bar” y sobre todo, tienen cerveza.
El proceso de pedir fue el típico de “fast food”. Un combo numero “no se cual”, elimina la coca cola y añade una Medalla y unos Nachos Grandes con pollo.
La comida tardo como 5 minutos en salir, cosa que es mucho tiempo para los estándares de los negocios de comida industrializados ejemplo del fordismo americano. Durante ese tiempo me fijé que una de las jóvenes rebanaba y picaba manualmente los ingredientes tradicionales de la comida mejicana, tomate, cebollas, cilantro, etc. Confieso que no esperaba ver eso en aquel lugar.
La cosa comenzaba a diferenciarse de la usual eficiencia automatizada y despersonalizada que las corporaciones de comida rápida imponen como norma.
“Aquí está la ‘Taco Salad” (que es el plato central del combo que pedí) y la cerveza. Los nachos sales ya mismo”, explicó el ajetreado adolescente que se supone fuera el gerente.
Menos de un minuto más tarde, los nachos…
Resignado a maltratar el paladar con los productos de la cocina industrial que los americanos riegan por el mundo a una velocidad mayor que la del virus del sida, me senté a comer. Por lo menos, la Medalla ayudará al proceso, pensaba tratando de no pensar en el sabroso mangú que se supone me estuviera comiendo.
Sin embargo y para mi sorpresa, el universo me bendecía. La ensalada que incluía lechuga, tomate, maíz, habichuelas negras, crema agria, guacamol, cilantro y salsa mejicana, estaba sabrosa.
Crocante y fresca, ofrecía en cada bocado una variedad de sabores distinguibles y agradables. Incluso el pollo, sabía a pollo y no a esas masas congeladas por meses que te sirven en los negocios del payaso o el del rey y que osan llamar pollo.
Los Nachos Grandes, por su parte, fueron una sorpresa mayor. Una montaña de “chips” de maíz aderezados con habichuelas cebolla y queso amarillo y bañados por una salsa dulzona y picante increíble. Todo fundido y derretido bajo una horno invertido que en el argot de cocina profesional se conoce como “la salamandra”.
Como todo “foodie”, no podía quedarme callado. Era necesario dejar saber lo agradecido que estaba y además tratar de sacar el secreto de la salsa dulzona que pensaba era alguna variedad de salsa de barbacoa embotellada o enlatada.
Tan pronto pregunté que salsa tenían los Nachos, las caras de los jóvenes empelados cambio de expresión en espera de una pataleta de protesta.
¿Salsa ranchera, por qué? Fue la respuesta que rompió el eterno silencio de varios segundos.
Porque esta ¡BIEN BUENA!, ¿Puedo ver el pote? Pregunte con la lujuria y anticipación de un universitario que se prepara para el fin de semana de Justas en Ponce.
“No, si eso lo hacemos aquí, se ponen los tomates, los pimientos y los demás ingredientes, se cocinan y luego se muele y se cuela” dijo el ahora orgulloso y emocionado supervisor mientras aclaró que también se le pone azúcar, “porque si no sabe bien mala”.
Sus palabras retumbaban en mi cabeza con la hermosura del Aleluya en voz de los Niños Cantores de Viena. ¿Qué, que me dices? dije perplejo en medio de aquel momento de epifanía gastronómica.
Tras recuperar mi compostura y reflexionando sobre lo ocurrido, me di cuenta que comida servida rápidamente, no quiere decir comida rápida.
En BlanKita, el servicio rápido parece ser el producto de muchas horas de preparación que permiten tener todo a la mano para poder ensamblar la orden rápida y eficientemente. Ese tiempo de preparación permite a su vez que la comida sea rica en sabores y experiencias.
Nunca he visitado México, pero estoy seguro que allí, al igual que todos los negocios de comidas familiares del mundo, los negocios tienen el mismo sistema de trabajar que Blankita, largas horas de preparación para poder ofrecer en unos minutos, el producto más fresco y sabroso.
Blankita resultó ser una grata sorpresa. No se si sus sabores y texturas son tradicionales mejicanos, lo que si se es que la pasé bien, comí sabroso y sustancioso y lo baje con una Medallita. “Life is good”
Realmente no me puedo quejar, pues además, todavía me falta probar la fonda sobre ruedas de los hermanos dominicanos. De eso le cuento en la proxima.


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