“La carretera le pertenece al Monstruo”.

Si  algo está claro, es que la gastronomía  no se trata de conceptos sólidos, estáticos, muertos.

Como cualquier rasgo cultural, la forma en que los pueblos consumen su alimento es producto del entorno natural, de los avances tecnológicos y de la forma en que se interrelacionan los individuos en esa sociedad.

Un desarrollo tecnológico que revolucionó la forma en que los estadounidenses, y los puertorriqueños para todos los efectos comen, es el vehiculo de combustión interna, es decir el carro.

El carro le dio velocidad a todos los aspectos de la vida de los occidentales, incluso al comer.

Por supuesto, lo primero que viene a la mente cuando se habla de los efectos gastronómicos del automóvil es la mal llamada comida rápida o como le llaman algunos antropólogos, la comida industrial.

Porciones de proteína y carbohidratos impregnados de grasas y azucares, empaquetados con eficiencia industrial y servida de forma impersonal, rápida y eficaz. La peor de las torturas para cualquier entusiasta epicúreo que se respete.

Sin embargo, en contra posición a ese crimen de “lesa humanidad” que son las cadenas de comida industrial que contaminan el estomago de la gente y el ambiente visual de las carreteras del país, el automóvil produjo una bendición culinaria.

Los negocios de guagüita. Esas camionetas, vanes, autobuses, camiones tipo caja de galletas y otros vehículos que el ingenio popular modifica, cambia, construye y adapta hasta dar forma a una eficiente cocina rodante.

Estas se encuentran en todas partes, pero sobre todo en las cercanías de proyectos de construcción o en las carreteras que conectan los centros urbanos.

Para los que trabajan duro, bien sea construyendo o condiciendo todo el día, estos vehículos franskestianos se revelan con una fascinación, embrujadora especial.

Ellos las conocen, son tierra consagrada a la doble “B”, es decir a lo “B”ueno y “B”arato, donde se consigue lo mismo una mixta, que un sándwich monumental, un domplin o el mejor majar a la barbacoa.

Para los ponceños, la gastronomía rodante tiene varias definiciones clásicas.

En barbacoa, la guagua de Valle Alto y el carretón del Castigo del Pollo son los estándares. Si se trata de domplines, la primera imagen que llega a la mente es la de la guagua que lleca décadas en la intercepción de la Avenida Muñoz Rivera y la carretera número 2 en las cercanías de Valle Real.

No obstante, cuando se habla de la Meca culinaria sobre ruedas, de la Capilla Sextina de la gastronomía rodante no hay discusión posible, “El Monstruo de los Sándwiches” es el Santo Grial.

El Monstruo es el epitome de lo que es un negocio de  guagüita debe ser. Para comenzar tiene mas de 20 años sirviendo a los conductores. Su clientela compuesta por camioneros, empleados gubernamentales, policías y jóvenes obreros, atestigua que allí se come bueno y  barato.

A pesar de la desaparición física de Víctor Burgos, dueño original de este altar del colesterol nacional, la guagua continua sirviendo su clientela con la misma eficiencia, rapidez y cortesía que lo dio vida como negocio.

El menú es legendario, el único cambio es que ahora lo encabeza un tributo póstumo al “Mounstro Mayor”. Por lo demás el pedazo de pizarra es poco menos que pornografía gastronómica.

Allí se detallan los clásicos, jamón y queso, jamón-queso y huevo, pastrami, pavo, tripleta, pernil, etc.

Sin embargo no es lo dice la pizarra, sino lo que significan esos nombres. Cuando dice sándwich de pavo, es pavo horneado la noche anterior.

De igual forma el pernil, se prepara con cerdo horneado la noche anterior y desmenuzada a mano. Lo que llaman en el norte; “pull pork”. Como si lo anterior no fuera suficientemente erótico, la delicada carne porcina se corona con un pedazo de cuerito tostado y dorado.  “yes…yes..yes,YEEEEEEES”

Que Dios se apiade del colesterol de los valientes y que bendiga el Jaguar nuevo que se comprará el cardiólogo de ellos.

El glorioso sabor de los sándwiches y la calidad de los productos, es solo superado por el eficiente servicio. Dos cocineros, uno para ensamblar los sándwiches y otro para terminarlos y servirlos. El jugo o las bebidas se las sirve el propio comensal.

Claro que como toda buena fonda, en ruedas o cimientos, usted paga cuando termine de comer.

El sistema es basado en el honor, al terminar, hace fila otra vez, dice lo que se consumió y eso es lo que paga. El pedacito de pan con ajo que le reparten en la fila para pedir, es por la casa.

De igual forma, es por la casa el cariño y respeto de los que hoy operan la guagua del “Monstruo”, ejemplo de la mejor comida rápida que consume a la orilla de las carreteras del País.

Pa’ que el Payaso y el Rey lo sepan, “la carretera le pertenece al Monstruo”.

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Una respuesta a ““La carretera le pertenece al Monstruo”.

  1. Nada como un pollo asado con una libra de pan de estos negocios rodantes, sobre todo si vas de camino a la playa. Es que ni en el restaurante mas fino el pollo sabe tan rico. ¿Cual sera el ingrediente secreto? Muy bueno tu blog y de verdad que me alegro que haya un sitio dedicado a nuestra exquisita comida nacional.

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