Las frituras y la bicicleta…

 Siguiendo la recomendación de unos profesores que, según el periódico, cambiaron el carro por la bicicleta como forma de transportarse al trabajo, decidí que mi próxima escaramuza gastronómica sería a pedal.

 

 Antes que todo decidí orientarme sobre cual es la mejor dieta para una persona que se mueve en bicicleta. Entre las fuentes cibernéticas consultadas, encontré en la Internet un video (http://www.youtube.com/watch?v=7vAhewUZ8jc)  sobre como se alimentan los mensajeros que usan sus bicicletas como forma de ganarse la vida en las grandes ciudades.

 

 

 Me percaté que para estos “guerreros urbanos”, los carbohidratos simples, los cereales, las nueces, las frutas y las carnes bajas en grasas son las principales opciones para recuperar las 3,500 calorías que requieren pedalear entre 8 y 10 horas al día.

 

 

En este punto la cosa no se veía muy atractiva para un mal acostumbrado consumidor de colesterol, que incursiona en esto de pedalear en la ciudad. Sin embargo, no me desanimé y decidí ver si con la bicicleta podía irrumpir y descubrir nuevos horizontes gastronómicos en Ponce. No que fuera a buscar donde comer saludable ni mucho menos.

 

 

 Así las cosas, acondicioné el viejo “buque”, término que en Ponce se usa para las bicicletas viejas y pesadas, y pedaleé hacia el centro de Ponce en busca de alguna delicia gastronómica, preferiblemente frita, por supuesto.

 

 

 Siguiendo la sabiduría popular, decidí moverme por el sector de la ciudad por donde más bicicletas viera. Esa ruta me llevó a la Nueva Plaza del Mercado.

 

 

 Para mi sorpresa encontré bastante movimiento de gente, muchas de ellas en bicicletas.

 

 

 Pero también descubrí algo que no había visto anteriormente cuando transitaba por el sector en carro. Me refiero a la cantidad de pequeños negocios de comida que están ubicados en la parte oeste del viejo edificio “Art Deco” que sirve de sede a mercado.

 

 

 Allí, esperando servirle tanto al público que asiste de compras al sector, como a los empleados que se ganan un modesto sueldo en las tiendas de la periferia, hay una media docena de negocios que ofrecen lo mismo jugos y batidas frescas, como sándwiches criollos y sobre todo frituras.

 

 

Descartando la recomendación del video sobre la necesidad de comer liviano, pero siguiendo el hedonismo placer que le da dirección a mi dieta y a este blog, me bajé del buque y lo caminé hasta uno de los negocios, donde una joven madre alimentaba a sus 5 vástagos.

 

Uno de los signos de que en el sitio se come económicamente. Si algo saben las madres es estirar el peso.

 

Allí en la ventana de despacho y bajo el rótulo que dice Cafetería el Coquí, encontré lo que para mi es una de las visiones más parecida al edén o paraíso de la Biblia. Estoy seguro que cuando muera, al cielo donde vaya a parar, pues yo voy pa’l cielo seguro, tiene que ser parecido a lo que ante mi se desplegaba.

 

A mano izquierda una señora de más edad, rellenaba plantilla con delicias como pollo, carne, juey, etc. A su lado un joven sumergía los pastelitos en aceite y cuidaba de que no se pasan en el tiempo de cocción.

 

Siguiendo la estación de trabajo, una vitrina iluminada y coronada con un San Martín de Porrees y un San Judas Tadeo, guarda como si fuera una incubadora el abasto de  rellenos de papas y alcapurrias.

 

A la Derecha del negocio otra vitrina custodiaba las empanadillas recién salidas del caldero y objeto de mi lujuria en ese momento.

 

Pos por aquello de no sentirme culpable, después de todo, salí a correr bicicleta, solo pedí una empanadilla de pollo y un relleno.

 

La empanadilla estaba “GENIAL”, sustanciosa, con pedacitos de pimiento y  huevo hervido, ingrediente típico de cualquier empanadilla “old school”.

 

Ahora, lo que si estuvo espectacular fue el relleno de papa. Que en realidad debiera llamarse relleno de carne, pues la papa esta por fuera y no dentro, pero eso es problemas de los lingüistas.

 

Este si es un ejemplo de lo que un relleno de papa debe ser. La dorada corteza, delicadamente crocante encapsula el majado de papa que a su vez envuelve la sabrosa carne molida y guisada a la criolla.

 

Tanto los sabores, como la textura de la carne, la papa y la harina de la corteza se complementan a la perfección dejando al final el robusto, pero sabroso sabor de carbohidratos fritos. “Perdóneme padre, pero volví a pecar”.

 

En fin, no se lo que coman los ciclistas en otras partes del mundo, pero en Ponce, el centenario medio de transporte me llevó a descubrir este tesoro de comida tradicional que es la parte oeste de la Nueva Plaza del Mercado.

 

Lo mejor del asunto fue que las dos frituras y el cacharro de jugo de china, me costaron menos de 4 pesos. Y como fui en bicicleta, me ahorré el parquímetro y me siento menos culpable pues quemé unas pocas de las güelemil calorías de las frituras.

 

En fin, la vida y la fritura son mejor en bici.  A darle pedal.

 

 

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