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La Bicicleta y el Bistro: crónica de un viaje místico

Después de lo sabroso que resultó el usar la bicicleta para descubrir nuevos antros de placeres gastronómicos, decidí intentarlo nuevamente.

 

Como mensaje de los dioses, en esos momentos, llegó La Perla del Sur a casa. En su edición del 28 de mayo del 2007, el rotativo local incluía una reseña de un nuevo lugar en el casco histórico.

 

El Bistro Bocata es el nombre del establecimiento, que según el periódico es “el secreto mejor guardado de la calle Leon”.

 

Esto suena perfecto, un bistro y la bicicleta, qué puede ser mas francés.

 

Así que nuevamente agarré mi buque y pedaleé al centro histórico de Ponce en busca de experiencias sensoriales.

 

Tan pronto doble la esquina de la Isabel y Leon, el viaje tomó otra dimensión, fue como si me transportara en un pedaleo mágico a una callejuela europea.

 

Los árboles, la mezcla arquitectónica de edificios viejos y deteriorados juntos a nuevas construcciones cuidadosamente diseñadas para no dañar las líneas arquitectónicas, la gente caminando, la brisa,  creaban la hedonista imagen.

 

Unos segundos mas tarde, allí estaba, como bien lo describe el periódico, “un local de aspecto casi insignificante en el 11C de la calle León”.

 

De inmediato busque donde amarar el buque y me adentré en sus entreñas. 

 

Su interior, destila paz.

 

Solo 12 silas de hierro ornamental para sentar a sus comensales, entre los que se podían distinguir “los regulares”, da al lugar una atmósfera hogareña.

 

Las ventanas y puertas de hoja, así como la música completan el cuadro. A un nivel casi imperceptible, armoniosas melodías instrumental llenan el silencio del local y opacan el ruido de la calle.

 

Me senté en la primera mesa, primero para ver el que pasa por la calle y segundo para velar el buque.

 

Unos segundos mas tarde llegó Rene, el mesero, con la informal carta.

 

Aún cuando esta no es extensa, se ve maravillosa y complementaba de forma excelente mi experiencia europea en medio del Caribe.

 

Desayuno, Tapas, Bocatas y los especiales para los diferentes días de las semanas constituyen la oferta del simpático establecimiento.

 

No obstante, al leer las opciones que incluye, me di cuenta de dos cosas. Las selecciones no son ajenas o extrañas al paladar boricua., pero definitivamente tampoco no son ponceñas tradicional.

 

La pista que ubica geográficamente este menú, está en una de las opciones de bocata o de tapas, la longaniza de pollo. Esta delicia gastronómica es lo mejor aportación que la zona de Aibonito y Coamo  le han hecho a la gastronomía boricua.

 

Efectivamente, los dueños de este local son los herederos de le Gran Café en Coamo.

 

Pero nada de eso es importante.

 

Lo que si tiene valor es la sazón y el sabor de la oferta culinaria del Bistro Bocata.

 

La sopa del día, fue un suculento y sustancioso asopao de pollo. El robusto caldo es la receta casera que preparaba la mamá de Luís Rodríguez, uno de los dueños.

 

Con sus tiritas de carne de pollo la tasita de sopa es como un suero que revive el cuerpo mientras adormece la mente.

 

A los pocos minutos la bocata de longaniza. Señor, que forma tan eficiente de empaquetar sabor y placer.

 

El panecillo bagette carga la longaniza mientras absorbe toda la “grasita” que suelta el embutido. Esto se complementa de maravilla con la fresca lechuga y el tomate.

 

Simplemente maravilloso.

 

En resumen la experiencia fue de tal agrado que dos horas mas tardes, todavía estaba sentado en es espacio mágico, disfrutando de la comida, la conversación con algunos amigos que me llamaron y llegaron hasta allí.

 

Después de todo eso, solo quedaba, montar mi bicicleta para regresar a la irrealidad que llamamos vida y pedalear a mi casa.

 

Definitivamente, la vida y la comida se disfrutan más a pedal.  

Las frituras y la bicicleta…

 Siguiendo la recomendación de unos profesores que, según el periódico, cambiaron el carro por la bicicleta como forma de transportarse al trabajo, decidí que mi próxima escaramuza gastronómica sería a pedal.

 

 Antes que todo decidí orientarme sobre cual es la mejor dieta para una persona que se mueve en bicicleta. Entre las fuentes cibernéticas consultadas, encontré en la Internet un video (http://www.youtube.com/watch?v=7vAhewUZ8jc)  sobre como se alimentan los mensajeros que usan sus bicicletas como forma de ganarse la vida en las grandes ciudades.

 

 

 Me percaté que para estos “guerreros urbanos”, los carbohidratos simples, los cereales, las nueces, las frutas y las carnes bajas en grasas son las principales opciones para recuperar las 3,500 calorías que requieren pedalear entre 8 y 10 horas al día.

 

 

En este punto la cosa no se veía muy atractiva para un mal acostumbrado consumidor de colesterol, que incursiona en esto de pedalear en la ciudad. Sin embargo, no me desanimé y decidí ver si con la bicicleta podía irrumpir y descubrir nuevos horizontes gastronómicos en Ponce. No que fuera a buscar donde comer saludable ni mucho menos.

 

 

 Así las cosas, acondicioné el viejo “buque”, término que en Ponce se usa para las bicicletas viejas y pesadas, y pedaleé hacia el centro de Ponce en busca de alguna delicia gastronómica, preferiblemente frita, por supuesto.

 

 

 Siguiendo la sabiduría popular, decidí moverme por el sector de la ciudad por donde más bicicletas viera. Esa ruta me llevó a la Nueva Plaza del Mercado.

 

 

 Para mi sorpresa encontré bastante movimiento de gente, muchas de ellas en bicicletas.

 

 

 Pero también descubrí algo que no había visto anteriormente cuando transitaba por el sector en carro. Me refiero a la cantidad de pequeños negocios de comida que están ubicados en la parte oeste del viejo edificio “Art Deco” que sirve de sede a mercado.

 

 

 Allí, esperando servirle tanto al público que asiste de compras al sector, como a los empleados que se ganan un modesto sueldo en las tiendas de la periferia, hay una media docena de negocios que ofrecen lo mismo jugos y batidas frescas, como sándwiches criollos y sobre todo frituras.

 

 

Descartando la recomendación del video sobre la necesidad de comer liviano, pero siguiendo el hedonismo placer que le da dirección a mi dieta y a este blog, me bajé del buque y lo caminé hasta uno de los negocios, donde una joven madre alimentaba a sus 5 vástagos.

 

Uno de los signos de que en el sitio se come económicamente. Si algo saben las madres es estirar el peso.

 

Allí en la ventana de despacho y bajo el rótulo que dice Cafetería el Coquí, encontré lo que para mi es una de las visiones más parecida al edén o paraíso de la Biblia. Estoy seguro que cuando muera, al cielo donde vaya a parar, pues yo voy pa’l cielo seguro, tiene que ser parecido a lo que ante mi se desplegaba.

 

A mano izquierda una señora de más edad, rellenaba plantilla con delicias como pollo, carne, juey, etc. A su lado un joven sumergía los pastelitos en aceite y cuidaba de que no se pasan en el tiempo de cocción.

 

Siguiendo la estación de trabajo, una vitrina iluminada y coronada con un San Martín de Porrees y un San Judas Tadeo, guarda como si fuera una incubadora el abasto de  rellenos de papas y alcapurrias.

 

A la Derecha del negocio otra vitrina custodiaba las empanadillas recién salidas del caldero y objeto de mi lujuria en ese momento.

 

Pos por aquello de no sentirme culpable, después de todo, salí a correr bicicleta, solo pedí una empanadilla de pollo y un relleno.

 

La empanadilla estaba “GENIAL”, sustanciosa, con pedacitos de pimiento y  huevo hervido, ingrediente típico de cualquier empanadilla “old school”.

 

Ahora, lo que si estuvo espectacular fue el relleno de papa. Que en realidad debiera llamarse relleno de carne, pues la papa esta por fuera y no dentro, pero eso es problemas de los lingüistas.

 

Este si es un ejemplo de lo que un relleno de papa debe ser. La dorada corteza, delicadamente crocante encapsula el majado de papa que a su vez envuelve la sabrosa carne molida y guisada a la criolla.

 

Tanto los sabores, como la textura de la carne, la papa y la harina de la corteza se complementan a la perfección dejando al final el robusto, pero sabroso sabor de carbohidratos fritos. “Perdóneme padre, pero volví a pecar”.

 

En fin, no se lo que coman los ciclistas en otras partes del mundo, pero en Ponce, el centenario medio de transporte me llevó a descubrir este tesoro de comida tradicional que es la parte oeste de la Nueva Plaza del Mercado.

 

Lo mejor del asunto fue que las dos frituras y el cacharro de jugo de china, me costaron menos de 4 pesos. Y como fui en bicicleta, me ahorré el parquímetro y me siento menos culpable pues quemé unas pocas de las güelemil calorías de las frituras.

 

En fin, la vida y la fritura son mejor en bici.  A darle pedal.

 

 

Perdón, pero es que Cabuqui amerita un segundo comentario.

Evitando el “rush” del Día de las Madres, decidí adelantar el regalo e invitar a la culpable de mi existencia a un almuerzo celebración.

 

Conociendo su pasión por las chuletas de cordero en salsa de menta, y sabiendo que tierno animal es una de las carnes que mejor prepara el chef de Cabuqui,  David Talabera, no había otra opción que dirigirse a la calle Isabel en el centro del universo, Ponce.

 

Habiendo disfrutado antes del arte culinario de David, y sobre todo de su habilidad con el cordero, pensé que sorprendería a la vieja. Bien que la sorprendí.

 

Pero más sorprendido salí yo, esas chuletas de cordero estaban increíbles. No hay palabra que la pueda describir sin caer en la vulgaridad.

 

Talavera volvió a botar la bola fuera del parque.

 

Comenzó con una zeta portabello a la parrilla rellenas con jamón serrano, queso provolone y queso añejado edam. BRUTAL, eso y comer filete miñón es la misma experiencia de sabor.

 

El plato fuerte fueron las ya mencionadas chuletas. Estas se presentaron de tres formas, grilladas, en menta y en reducción de vino. Cual de las tres mejor, cada una constituía un acorde en una sabrosa sinfonía gastronómica.

 

Para acompañarlas, Chef Talavera presentó  una pasta salteada con queso y reducción de vino blanco y un majado de viandas. Además vegetales al vapor y grillados.

 

La verdad que el Cucharón no acostumbra escribir del mismo sitio varias veces, pero en este caso, no sería justo si no les recomiendo estas chuletitas de cordero que hicieron del Día de las Madres uno especial para la vieja.

 

De parte de ella,  gracias David.

 

 

 

 

“La carretera le pertenece al Monstruo”.

Si  algo está claro, es que la gastronomía  no se trata de conceptos sólidos, estáticos, muertos.

Como cualquier rasgo cultural, la forma en que los pueblos consumen su alimento es producto del entorno natural, de los avances tecnológicos y de la forma en que se interrelacionan los individuos en esa sociedad.

Un desarrollo tecnológico que revolucionó la forma en que los estadounidenses, y los puertorriqueños para todos los efectos comen, es el vehiculo de combustión interna, es decir el carro.

El carro le dio velocidad a todos los aspectos de la vida de los occidentales, incluso al comer.

Por supuesto, lo primero que viene a la mente cuando se habla de los efectos gastronómicos del automóvil es la mal llamada comida rápida o como le llaman algunos antropólogos, la comida industrial.

Porciones de proteína y carbohidratos impregnados de grasas y azucares, empaquetados con eficiencia industrial y servida de forma impersonal, rápida y eficaz. La peor de las torturas para cualquier entusiasta epicúreo que se respete.

Sin embargo, en contra posición a ese crimen de “lesa humanidad” que son las cadenas de comida industrial que contaminan el estomago de la gente y el ambiente visual de las carreteras del país, el automóvil produjo una bendición culinaria.

Los negocios de guagüita. Esas camionetas, vanes, autobuses, camiones tipo caja de galletas y otros vehículos que el ingenio popular modifica, cambia, construye y adapta hasta dar forma a una eficiente cocina rodante.

Estas se encuentran en todas partes, pero sobre todo en las cercanías de proyectos de construcción o en las carreteras que conectan los centros urbanos.

Para los que trabajan duro, bien sea construyendo o condiciendo todo el día, estos vehículos franskestianos se revelan con una fascinación, embrujadora especial.

Ellos las conocen, son tierra consagrada a la doble “B”, es decir a lo “B”ueno y “B”arato, donde se consigue lo mismo una mixta, que un sándwich monumental, un domplin o el mejor majar a la barbacoa.

Para los ponceños, la gastronomía rodante tiene varias definiciones clásicas.

En barbacoa, la guagua de Valle Alto y el carretón del Castigo del Pollo son los estándares. Si se trata de domplines, la primera imagen que llega a la mente es la de la guagua que lleca décadas en la intercepción de la Avenida Muñoz Rivera y la carretera número 2 en las cercanías de Valle Real.

No obstante, cuando se habla de la Meca culinaria sobre ruedas, de la Capilla Sextina de la gastronomía rodante no hay discusión posible, “El Monstruo de los Sándwiches” es el Santo Grial.

El Monstruo es el epitome de lo que es un negocio de  guagüita debe ser. Para comenzar tiene mas de 20 años sirviendo a los conductores. Su clientela compuesta por camioneros, empleados gubernamentales, policías y jóvenes obreros, atestigua que allí se come bueno y  barato.

A pesar de la desaparición física de Víctor Burgos, dueño original de este altar del colesterol nacional, la guagua continua sirviendo su clientela con la misma eficiencia, rapidez y cortesía que lo dio vida como negocio.

El menú es legendario, el único cambio es que ahora lo encabeza un tributo póstumo al “Mounstro Mayor”. Por lo demás el pedazo de pizarra es poco menos que pornografía gastronómica.

Allí se detallan los clásicos, jamón y queso, jamón-queso y huevo, pastrami, pavo, tripleta, pernil, etc.

Sin embargo no es lo dice la pizarra, sino lo que significan esos nombres. Cuando dice sándwich de pavo, es pavo horneado la noche anterior.

De igual forma el pernil, se prepara con cerdo horneado la noche anterior y desmenuzada a mano. Lo que llaman en el norte; “pull pork”. Como si lo anterior no fuera suficientemente erótico, la delicada carne porcina se corona con un pedazo de cuerito tostado y dorado.  “yes…yes..yes,YEEEEEEES”

Que Dios se apiade del colesterol de los valientes y que bendiga el Jaguar nuevo que se comprará el cardiólogo de ellos.

El glorioso sabor de los sándwiches y la calidad de los productos, es solo superado por el eficiente servicio. Dos cocineros, uno para ensamblar los sándwiches y otro para terminarlos y servirlos. El jugo o las bebidas se las sirve el propio comensal.

Claro que como toda buena fonda, en ruedas o cimientos, usted paga cuando termine de comer.

El sistema es basado en el honor, al terminar, hace fila otra vez, dice lo que se consumió y eso es lo que paga. El pedacito de pan con ajo que le reparten en la fila para pedir, es por la casa.

De igual forma, es por la casa el cariño y respeto de los que hoy operan la guagua del “Monstruo”, ejemplo de la mejor comida rápida que consume a la orilla de las carreteras del País.

Pa’ que el Payaso y el Rey lo sepan, “la carretera le pertenece al Monstruo”.

Blankita en Ponce, un “fast food’’ pero despacito.

En medio de los quehaceres típicos del sábado, me picó el hambre.

Buscando experimentar algo nuevo para compartir con ustedes, me encaminé a una “guagüita” ubicada frente a la estación de gasolina que está en la intersección de la carretera número 2 y la Avenida Rubertte de Ponce.

Según fuentes confiables en el bajo mundo culinario, esa guagua es un bastión de comida dominicana.

Para desdicha mía, no trabajan los sábados.

Como ya la cosa del hambre hacía crisis y mis tripas sonaban como carro de caco viernes por la noche, resignado a resolverme con cualquier cosa recordé un negocio tipo “fast food” que ubica en la cercanía y llamado Blankita. Por lo meno se anuncia como “fresh mexican bar” y sobre todo, tienen cerveza.

El proceso de pedir fue el típico de “fast food”. Un combo numero “no se cual”, elimina la coca cola y añade una Medalla y unos Nachos Grandes con pollo.

La comida tardo como 5 minutos en salir, cosa que es mucho tiempo para los estándares de los negocios de comida industrializados ejemplo del fordismo americano. Durante ese tiempo me fijé que una de las jóvenes rebanaba y picaba manualmente los ingredientes tradicionales de la comida mejicana, tomate, cebollas, cilantro, etc. Confieso que no esperaba ver eso en aquel lugar.

La cosa comenzaba a diferenciarse de la usual eficiencia automatizada y despersonalizada que las corporaciones de comida rápida imponen como norma.

“Aquí está la ‘Taco Salad” (que es el plato central del combo que pedí)  y la cerveza. Los nachos sales ya mismo”, explicó el ajetreado adolescente que se supone fuera el gerente.

Menos de un minuto más tarde,  los nachos…

Resignado a maltratar el paladar con los productos de la cocina industrial que los americanos riegan por el mundo a una velocidad mayor que la del virus del sida, me senté a comer. Por lo menos, la Medalla ayudará al proceso, pensaba tratando de no pensar en el sabroso mangú que se supone me estuviera comiendo.

Sin embargo y para mi sorpresa, el universo me bendecía. La ensalada que incluía lechuga, tomate, maíz, habichuelas negras, crema agria, guacamol, cilantro y salsa mejicana, estaba sabrosa.

Crocante y fresca, ofrecía en cada bocado una variedad de sabores distinguibles y agradables. Incluso el pollo, sabía a pollo y no a esas masas congeladas por meses que te sirven en los negocios del payaso o el del rey y que osan llamar pollo.

Los Nachos Grandes, por su parte,  fueron una sorpresa mayor. Una montaña de “chips” de maíz aderezados con habichuelas cebolla y queso amarillo y bañados por una salsa dulzona y picante increíble. Todo fundido y derretido bajo una horno invertido que en el argot de cocina profesional se conoce como “la salamandra”.

Como todo “foodie”, no podía quedarme callado. Era necesario dejar saber lo agradecido que estaba y además tratar de sacar el secreto de la salsa dulzona que pensaba era alguna variedad de salsa de barbacoa embotellada o enlatada.

Tan pronto pregunté que salsa tenían los Nachos, las caras de los jóvenes empelados cambio de expresión en espera de una pataleta de protesta.

¿Salsa ranchera, por qué? Fue la respuesta que rompió el eterno silencio de varios segundos.

Porque esta ¡BIEN BUENA!, ¿Puedo ver el pote?  Pregunte con la lujuria y anticipación  de un universitario que se prepara para el fin de semana de Justas en Ponce.

“No, si eso lo hacemos aquí, se ponen los tomates, los pimientos y los demás ingredientes, se cocinan y luego se muele y se cuela” dijo el ahora orgulloso y emocionado supervisor mientras aclaró que también se le pone azúcar, “porque si no sabe bien mala”.

Sus palabras retumbaban en mi cabeza con la hermosura del Aleluya en voz de los Niños Cantores de Viena. ¿Qué, que me dices? dije perplejo en medio de aquel momento de epifanía gastronómica.

Tras recuperar mi compostura y reflexionando sobre lo ocurrido, me di cuenta que comida servida rápidamente, no quiere decir comida rápida.

En BlanKita, el servicio rápido parece ser el producto de muchas horas de preparación que permiten tener todo a la mano para poder ensamblar la orden rápida y eficientemente. Ese tiempo de preparación permite a su vez que la comida sea rica en sabores y experiencias.

Nunca he visitado México, pero estoy seguro que allí, al igual que todos los negocios de comidas familiares del mundo, los negocios tienen el mismo sistema de trabajar que Blankita, largas horas de preparación para poder ofrecer en unos minutos, el producto más fresco y sabroso.

Blankita resultó ser una grata sorpresa. No se si sus sabores y texturas son tradicionales  mejicanos, lo que si se es que la pasé bien, comí sabroso y sustancioso y lo baje con una Medallita. “Life is good”

Realmente no me puedo quejar, pues además, todavía me falta probar la fonda sobre ruedas de los hermanos dominicanos. De eso le cuento en la proxima.

“Fast Food” mas allá del hambuerguer…

Buenas tardes, bienvenido a “Burger whatever”. ¿Está listo para ordenar?

Son las 1:30 de la tarde, tras maniobrar por el laberinto que maximiza el espacio para entrar al estacionamiento y para  pasar por la ventanilla de “Drive through”, me encuentro por primera vez como en 7 años sentado frente a un letrero iluminado que despliega fotos y un menú.

Mi sobrina quien, en sus 19 años probablemente ha visitado estos negocios cientos de miles de veces y quien es la razon por la que me encuetnro en esta fila de carros, no sabe que pedir.

Tras varios intentos de la mecanizada empleada, quien está siempre presionada por el reloj que cuenta el tiempo entre la llegada del vehiculo al rotulo y la salida del negocio, mi sobrina pide lo mismo de siempre.

Un combo numero 347 y unos “Cheesy algo”. ¿Cheesy qué? Pregunto cándidamente ante los confundidos ojos de mi sobrina.

¿Qué tu no sabes que son los “cheesy…” Ave María tío, responde la incrédula adolescente con el tono de voz de un inquisidor que acaba de escuchar a un agnóstico confesar que no cree en la virginidad de María.

“Tienes que probarlo, son bien buenos” fue su respuesta y su mandato.

Minutos más tarde, mi boca era victima de un atentado de terrorismo culinario. Una esfera de empanado que al morder, revela un líquido pastoso y pedazos que aparentan ser papas dos o tres grados más caliente que el plasma de cualquier volcán.

¡HORROR!

¿Qué diabólica mente pudo concebir semejante cosa y mucho menos llamarle comida? Estoy seguro que la experiencia de obligar a un ser humano a consumir semejante bocadillo debe estar prohibida por algún tratado internacional.

Tras recobrar mi compostura y tratando de ser “cool” miré a mi sobrina quien con cara de de gato recién rascado me pregunto; ¿verdad que son buenos?

La realidad gastronómica postmoderna: 

Si se fuera a buscar un símbolo que defina el paisaje urbano en el Puerto Rico del siglo XXI, los letreros de estás multinacionales de comida debe ser una de las primeras alternativas a observar.

Lo mismo en el norte que en el sur, en pueblos grandes o pequeños, tanto las carreteras en la periferia, como en las calles de sus centros urbanos los brillantes rótulos con logos  reconocibles en todo el globo son ya una constante.

Son símbolos de la posmodernidad gastronómica que también definen lo que hemos llegado a ser gastronómicamente hablando.

Emblemas que de inmediato disparan imágenes mentales de sus productos preempacados que esperan ser engullidos por los hijos de la sociedad del automóvil.

No importa donde uno se encuentre, la misma hamburguesa, el mismo taco o las mismas piezas de pollo esperan por aquellos que superaron su condición de ciudadanos siendo ahora definidos solo como consumidores.

A esos negocios se les conoce como los “Fast Food” o “fasfú” en puertorriqueño.

Luz más allá de los letreros:

Sin embargo el término de comida rápida no tiene que ser sinónimo con “comida chatarra” precocinada de forma industrial por los empleados del “rey”, “el payaso” o “el coronel”. Al contrario, esos solo se adueñaron y ultrajaron el concepto.

Todas las culturas tienen su versión de comida rápida diseñada para aquellos que trabajan y no tienen mucho tiempo.

Por supuesto que la culinaria boricua no se queda atrás.

Desde los puestos más tradicionales de frituras y domplines rellenos, hasta los carritos de “hot dogs” en la calle, nuestra cultura ofrece una enorme variedad de delicias preparadas diariamente.

Verdadera “comida rápida”, confeccionadas frente a usted, por gente de carne y hueso, no por “asociados” explotados por una anónima corporación cuya única cara es un muñeco grotesco.

Gente que después de dos o tres visitas ya saben el refresco que usted bebe, que le pregunta por la familia, que comparte con usted los logros y penurias de la vida diaria.

Personas  que le hace sentir como un ser humano y no como un “visitante”. Que no responde a su pedido ofreciendo una lista interminable y prediseñada de los productos que usted “pudo haber olvidado” pedir.

En fin seres humanos que le pueden despachar la comida como usted la pida, aun cuando no hay una tecla en su máquina que contemple esa opción.

Por supuesto, en la era posindustrial, la ideología nos condiciona a mirar a estos negocios con sospechas, sobre todo por la higiene.

“¿Sabrá Dios los gérmenes y bacterias que hay en ese chinchorro?” preguntan los que prefieren el ambiente supuestamente antiséptico y estéril de los “limpios” negocios de cadena.

Hay gérmenes, bacterias y virus peores que los que atacan al cuerpo. Hay algunos que atacan el espíritu de comunidad, de lo que somos como colectividad.

Esa infección social que en el siglo XXI, aparenta venir en combo agrandado y con una orden extra de “cheesy whatever”.