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El Zen del “límber”

El índice de calor rayaba en los 3 dígitos.

Tras más de dos horas en la oficina del médico, llegué en mi bicicleta a la pequeña farmacia comunal que frecuento.

De golpe, la cosa no se veía bien.

Como cinco personas hacían fila, mientras un niño, producto de la genética de las clases altas de nuestro país, daba cátedra de lo que es déficit de atención, del egocentrismos resultante de malacrianza y de la falta de dos buenas nalgadas.

A pesar del factor sanador de la bicicleta, mi principal medio de transporte desde que el precio de la gasolina superó al costo del “Foie Gras” o el bacalao, mi estado de ánimo era hostil.

Me dolía el cuerpo, no podía respirar bien, la infección en los pómulos hacia difícil el concentrarme y por supuesto las boberías que hablaban los tres animadores del programa de radio sintonizado en la farmacia, no ayudaban tampoco.

En medio de aquella tragedia que era mi día, la logré ver entre la gente que estaba en fila y el niño que estaba jodiendo.

Como tecato que tiene su cura “atrasá” me hice espacio entre la gente y llegue frente a esa belleza estimuladora de mi lujuria.

Allí, como espejismo en el desierto, una congeladora con tapa de cristal. Sobre el vidrio un letrero escrito a mano: “Límber Tito, $1.00”

Había pasado antes frente a estas congeladoras, las hay en las gasolineras, algunas cafeterías y en negocios comunales como esta farmacia, pero nunca me fijé en los tesoros que alberga.

En su interior, decenas de vasitos plásticos cargados de dulces sabores, evocaron mi niñez.

Coco, mantecado, frambuesa, limón, eran solo algunas de las delicias incluidas en la selección.

Sin pensarlos mucho y guiado por la sed, abrí uno de limón.

Aquello fue como mágico, el dulce y amargo del jugo congelado relajaba mi espíritu según bajaba la temperatura de mi cuerpo.

Ya, el esperar no era problema, las idioteces que hablaban en la radio no me incomodaban y el muchachito jodiendo no era importante.

Estaba allí, solo en medio de todos, haciendo el amor con mi límber de limon.

Sin darme cuanta me transporte casi 40 años en el tiempo, comenzaba la década del 70, las tres de la tarde y recién salía de clase.

A unos 50 metros de la escuela “privada” donde mis padres me enviaron con la esperanza de que las futuras generaciones de mi familia subieran en la escala social, se encontraba un chinchorito donde una señora cuyo nombre creo que era Doña Marta, preparaba los más sabrosos límbers, en cubeta por supuesto.

Regularmente la selección no era mucha, frambuesa o mantecado. Si había suerte, puede que tuviera de coco o limón.

Obviamente,  en aquella época los límbers no venían en vasitos. Si pedías uno, te costaba 5 chavos y lo despachaban en un moldecito de papel que los gringos usan para hacer “cupcakes” y si pedías dos, eran 7 chavos y venía en un cono de papel.

Comerlo sin que el “colora’o” de la frambuesa que te duraba dos horas en los labios terminara en la camisa de tu uniforme requería de un nivel de maestría impensable para mi en este momento.

De vuelta al presente, mientras saboreaba la parte final de la ahora semi-congelada delicia, mi mente divagaba en la eterna pregunta.

La ancestral interrogante que, como los “koan” del zen japonés, no tiene una respuesta lógica.

Ese cuestionamiento que de resolverse nos abriría las puertas del Nirvana.

¿Por qué carajo los puertorriqueños llamamos “límber” a estas delicias congeladas?

¡Ommmmm!

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¿Con que hay un chico nuevo en el barrio?

Tras leer en el Periódico La Perla del Sur que la comida en el nuevo restaurante Canela Café es algo espectacular, decidí hacer a un lado mis prejuicios y preferencias por el “bajo mundo” culinario y visitar este nuevo antro de “fine dining”.

Digo, no soy de ponerme con jaiberías y finezas para comer, pero la oportunidad de chuparme bien duro un par de langostinos no se podía dejar pasar, aun cuando tuviera que vestirme, como decía mi abuela.

Por suerte para mi y como llegué temprano, todavía no había gente en el salón comedor.

Me senté dije a la mesera, “¿si el chef no está ocupado, usted cree que el pudiera pasar por la mesa?”.

Minutos más tarde hace su entrada este tipo, bajito, trigueño y con una sonrisa que recordaba a su compueblano, Louis Armstrong.

“¿Chef Gorge Sittig, I presume?”

Muy cortésmente se presentó. Me presenté y le expliqué que leí el artículo en el periódico pero que quería saber si es cierto que “there is a new kid on the block”.

Sin más, lo mire a los ojos con cara de Iron Chef durante la cortina de presentación y le dije: “well, let see what you have? Hit me with your best shot…

La sonrisa desapareció de su cara y con la seriedad de Clint Eastwood en el clasio “the good the bad and the ugly”, me dijo: “¿Meat or fish?”. A lo que respondí, “your call”.

Sus ojos brillaron ante el reto y de inmediato desapareció en la cocina.

Tras el intercambió, la mesera trato de suavizar el terreno, preguntando si deseabamos algo para beber. Le respondí, que sea el Chef quien determine lo que debo beber.

Pasado un rato, llegaron dos platos, uno para mi y otro para mi acompañante.

Uno con las bolitas de cangrejo y queso del país, sabrosas pero era de esperarce, ya La Perla las reseñó.

Para mi sin embargo,  llego un plato dividido en tres.

Tres lascas de Sachimi de Atún rojo y dulces como las morras rojas, presentado sobre un wong ton y coronando tres delicias orientales.

La primera de estas delicias un kimchi coreano, la segunda, calamar macerado en especias y salsa teriyaki hecha en casa,  por último una ensalada de algas en aceite de ajonjolí.

El plato era un viaje gastronómico por los sabores y aromas del Asia. El pique del kimchi, la dulzura del calamar, se complementaba de maravilla por la refrescante ensalada de algas.

Para dejar claro que el chef hablaba culinariamente en serio, envió una copita con un calientito sake de ciruela, que le dio el toque final a está entrada.

Al rato, la elegante pero simpática mesera, regresó con dos copas de chardonnay, presagio de que mariscos sería el plato fuerte.

Error, lo que venía si era marisco, pero no era el plato fuerte. El segundo aperitivo, nos llevó, mas profundamente a Tailandia. Langostinos en salsa tailandesa servidos junto a tres bolitas de arroz pega’o.

En la reseña del periódico, describieron este plato como “juguetón”. ¿Juguetón?  Este plato es sensual, erótico, pornográfico.

Comerlos con las manos, chupar los cascos, saborear los jugos que le corren por la mano como resultado del entercado.

Oh Dios, que cosa más maravillosa. Esa salsa productos de los jugos de crustáceo y las especies es lo más cercano que se puede llegar a una experiencia erótica con ropa y en un salón comedor en medio de la gente.

En medio del proceso de recobrar la compostura y el pulso, tras la experiencia hedónica,  casi eróticamente vergonzosa, llegaron a la mesa dos copitas con oporto.

Lo próximo tenía que ser “hard core”, el oporto no es para los nenes.

“Antes del plato fuerte, el chef quiere que prueben un plato que incorporaremos al menú esta semana”

“The guy is good”, el tipo nos envió dos fuentecitas cada una cargando la más cremosa papa majada que uno pueda imaginar con un trozo del más tierno y suculento “pull pork”. Verdaderamente un maravilloso ejemplo del llamado Confort Food americano.

El tipo es maquiavélico, comer esto después de la orgía erótica gastronómica de los langostinos es como ir con tu novia de visita para Thanksgiving a casa de tus padres y sentarte a comer inocentemente con la familia, sabiendo que pasaste la noche teniendo las más depravadas relaciones en el cuarto donde creciste.

Así de bueno estaban los camarones y así de “confort” estaba el puerco con la papa majada. ¡GENIAL, TERRIBLE y ASTUTAMENTE GENIAL!

Sin embargo, Chef Sittig no estaba satisfecho. Nos tenía en la lona, pero no hubo misericordia.

Nos llevÓ vez al éxtasis, nos trajo de vuelta solo para comenzar de nuevo el viaje.

En ese momento, llegaron dos cañas de cerveza. El chef quiere su opinión sobre esta sopa de chorizo que también se añadirá al menú.

De inmediato desplegaron dos platos hondos con una espesa sopa de fideo y chorizos que encapsulaban los más diversos sabores tailandeses, balance perfecto entre dulce y picante.

A pesar de que en este momento ya mi cuerpo se resistía a seguir comiendo, la mente y el hedonismo pudieron más. Como adolescente recién enamora’o, sucumbimos a la tentación y le metimos mano al palto que con la cerveza iba ¡brutal!

En este punto, estábamos listos para conceder la victoria, Chef Sittig dejaba claro que estaba aquí para quedarse.

Sin embargo, los planes del Chef eran otros, el mismo regresó a la mesa con dos platos. 

Este era su momento y como victorioso guerrero se disponía a sentarse para disfrutarlo.

Las opciones del Chef encarnaban el delicado balance del Ying y el Yan oriental.

Por un lado, uno de los platos presentaba un delicado filete de mero, “poached” en fino y sutil jugo de parcha, servido término  “medio cocido” sobre majado de yuca.

El otro plato, consistía de unas robustas costillas de cordero grilladas a término crudo, aderezadas con hojas de menta y servidas sobre una guarnición de batata dulce con todos los aromáticos sabores del sur de los estados unidos. 

La batata era embrujadora, mística, envuelta en los exóticos sabores de vainilla, canela y clavos, evocaba los sabores de los desayunos sureños americanos, de las dulcerías italianas en Nueva York, o los fuertes sabores y olores que los británicos se robaron de los países que bordean el mar Índicos.

Una sola palabra para describirla, “PERFECCIÓN”.

Después de eso, no hay nada mas que decir.  No es correcto decir que hay “un nuevo chico en el barrio” como decía La Perla del Sur, lo que en verdad hay es un nuevo Sheriff en el pueblo.

Ahora solo resta que lo sepamos apreciar. Ya yo di al frente.

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Despues de todo el campo no es tán malo…

Lo confieso, soy citadino.

 

Me gusta la ciudad, saludar la gente en la calle, la energía de miles o millones de gente en movimiento, lo mismo San Juan, que Nueva York, que Barcelona.

 

No me importa esperar por guaguas o trenes y me encanta la amalgama cultural y culinaria de los grandes centros urbanos.

 

Todo aquel discurso romántico construido por la izquierda durante la década del 1970 que nos invitaba a volver al campo es muy bonito, pero no es para mí. Lo siento Alberto, pero no me voy pa’l campo.

 

Sin embargo, a pesar de mis reservas, este fin de semana me encontré, bajo el más monumental aguacero que recuerde en buen tiempo, camino al pueblo de Adjuntas.

 

La razón para someterme voluntariamente a este peregrinaje bajo lluvia, no podía ser otra que la expectativa de comida criolla preparada “old school”. Probablemente la única motivación posible pa’coger aquel aguacero infernal, ¿Cuál mas?

 

Unos 30 minutos más tarde, guiando por la carretera numero 10, entre la lluvia divisamos la intersección con la carretera 521 que nos lleva al barrio Vegas Arriba del Pueblo del Gigante Dormido.

 

Cuatro kilómetros más arriba, allí estaba, inconspicuo, sin pretensiones, un edificio sencillo con dos puertas de hojas y un rotulo hecho sobre un pedazo de madera que lee “Rest. D’ la Montaña”. Parece cualquier cafetín de cual barrio de la Isla.

 

El interior despliega la misma simpleza, un mostrador y mesas con bancos para sentarse.

 

Por supuesto, el lugar central del salón es una vitrina iluminada con bombillones que enardecen bandejas de arroz blanco o con gandules, pasteles, costillas  en medio de aquella tarde lluviosa y que hace que el comensal sepa que va a comer en familia.

 

De inmediato una hermosa señora rubia, boricua autentica, prototipo de la mujer montuna de nuestro país, llegó, se presentó y dejo el menú.

 

Bajo aquella torrencial lluvia y con un palito de ron y china fresca en la mano, aquella frugal carta se leía como el más excitante cuento erótico.

 

Además de lo que orgullosamente se desplegaba en la vitrina, la carta incluye mofongos, sopones de camarones o pollo y cerdo asado, entre otras delicias. De paso, nada es de dieta.

 

De primera impresión, en este pintoresco lugar, nada parecia fuera de lo normal o espectacular. Sin embargo, la simpleza y la cotidianidad duró hasta que llegaron los platos.

 

El Caldo de apariencia inocente explotaba al paladar, la esencia del sabor a hueso hervido por largo rato, se balancea con las hojas de culantro criollo, ajisitos dulces.

 

Por supuesto, en mi caso no pasaron dos segundos cuando el delicado caldo se espesó con la mitad de la bola de mofongo que de inmediato le eché dentro.

 

Para acompañar este potaje, incluí una “librita” de lechón asa’o.

 

Wow, la carne del puerco, firme pero tierna y no muy grasoso. Esto, a pesar de que la forma de trinchar la carne siempre incluye un poco de grasita y cuerito dorado y tostado al punto.

 

Perdóneme padre porque he pecado… me “jarté” como demente.

 

Por supuesto que tuve que probar tanto, el sopón que pidieron mis compañeros de mesa, como el arroz con gandules.  Qué clase de arroz, con sabor a campo, ese sabor a hoja de plátano que se queda en la boca después de comer un buen arroz con gandules, granoso, ni seco, ni mojadito, simplemente “como Dios manda”

 

Me avergüenza admitirlo, pero tras la soberana “jartera”., no tuve problemas en dejarme llevar por el dulce hedonismo de los postres. En la mesa se pidieron flanes de coco, queso y café. Este último, parecía que tomaron la tasa de café que la abuela colaba en media y la coagularon en una sabrosa crema. Bien Bueno.

 

Sin embargo, el mejor de los postres resultó ser el más simple, el dulce de lechosa. Lechosa verde caramelizada en azúcar y canela, molida no en trocitos, increíble.

 

Oh  Dios, no hay el más mínimo pudor.

 

En este momento, ya no importaba la lluvia, ni los 40 minutos de viaje, mucho menos las curvas de la carretera 521 y muchísimo menos el frió que rallaba en los 65 grados.

 

Cuando viene a comer, la variedad típica de los grandes centros urbanos tiene un encanto especial. Pero definitivamente, cuando viene a comer criollo, el campo… “It’s the real thing”.

 

Cuando viene al “real thing” el Rest ‘D’ La Montaña en Adjuntas, esta al frente por la clásica milla.

 

Cabuqui: sensualidad gastronómica en Ponce

Cuando se habla de sensualidad, la Real Academia Española de la Lengua dice que se trata de “los gustos y deleites de los sentidos, de las cosas que los incitan o satisfacen y de las personas aficionadas a ellos”.

 

Es decir que la sensualidad no es solo el placer, tiene que ver con como se llega y se anticipa ese deleite.

  

Tomando lo anterior como correcto, la experiencia de cenar un martes en la noche en Cabuqui de Ponce, no fue menos que sensual. Un juego erótico entre el personal de la cocina y los comensales en la mesa.

 

Como todo juego sensual, el ambiente físico y emocional tiene que ser el correcto. En este caso los comensales se refugiaron bajo el árbol de nísperos que corona la terraza exterior del negocio.

 

La belleza rústica del sitio complementaba la tranquilidad típica de la ciudad de Ponce un martes en la noche, creando un escenario donde dejar el estrés y el cansancio acumulado durante el día.

 

Como tiburones que detectan sangre en el agua, tanto los meseros como el Chef, David Talavera, percibieron la vulnerabilidad producto del cansancio de sus patrocinadores y se acercaron a la mesa.

 

Pero, para sorpresa del mesero y del cocinero, a pesar del cansancio, los comensales acertaron el primer golpe de la noche.

 

“Me trae un Merlot, el que recomiende. Chef si están amable,  prepare lo que usted desee en torno al vino que escojan” sentenciaron los comensales.

 

El juego cambió inmediatamente, los cazadores ahora eran las presas. Lo que parecía una noche de lujuria culinaria impersonal y prostituida resultaba otra cosa.

 

Ahora era personal, ya no se trataba de meramente de complacer el pedido y cobrar; ahora el chef tenía que enamorar.

 

“Carnes, pescado, pasta” pregunto Talavera buscando un norte que no encontró. La respuesta nuevamente fue, “Chef, lo que usted quiera”.

 

Minutos mas tarde el cortejo comenzaba con unas “bruschettas” de queso feta. Algunas de ellas coronadas por salmón ahumado y otras con cubitos de carnes de cerdo saltados, ambas aderezadas en aceite de oliva.

 

Una  fusión interesantísima que combina las técnicas italianas con sabores del medio oriente donde no se come cerdo.

 

El ambiente informal del patio, el vino y comida que se come con las manos, generó de inmediato un ambiente juguetón de sensualidad y placer.

 

Terminadas las “bruschettas”, el chef lanzó su segunda avanzada. Un platito cubierto de aceite de oliva, en el medio una hoja parra que enrollaba cordero y pasas. ¿Qué puede ser más sensual?

 

El delicado sabor del aceite de oliva complementando y suavizando el rustico sabor de la hoja marinada en limón que a su vez corta el robusto y dulce sabor del cordero y las pasas.

 

Como adolescentes que se dejan llevar por un experimentado o experimentada amante, los comensales, que se entregaron sin reservas al erotismo culinario de Talavera, simplemente disfrutaban sin pensar en nada de la experiencia hedonista.

 

En este momento, el cansancio del día había desaparecido. Los comensales solo estaban en su experiencia. Una especie de “satori” gastronómico si se quiere.

 

Tras otra copa de vino y unos minutos que permitieron internalizar los sabores y texturas saboreadas, el propio Chef hizo su aparición con dos platos.

 

Uno de cordero y atún fresco sobre una salsa de moras azules y mentas en una reducción de merlot. El otro un filete grillado a la perfección con una reducción también de Merlot.

 

La fusión de sabores dulces y salados, las texturas de carne a perfecto termino medio crudo, el complemento entre el vino, el cordero y el atún amarrados por la salsa fue como una explosión de sentidos y placer que culminaba el viaje hedónico que, sin percibirlo, llevaba ya casi dos horas.

 

Después de tal experiencia, qué más se puede pedir.

 

Flan de queso de cabra, eso es lo que a nadie se le ocurriría pedir, pero que solo a la mente “hostigadora” de Talavera se le ocurría servir. ¡Bravo!

 

Wow. Que forma de concluir la noche.

 

En fin, varias cosas se pueden aprender de esta experiencia.

 

Primero, que la máxima de no pedir mariscos los martes como dice en sus libros el Chef Buordain, no es necesariamente cierta.

 

Segundo, que los martes en la noche son extraordinariamente tranquilos para cenar en la intimidad.

 

Tercero y mas importante, cuando usted este cansado y necesite una cena para relajarse, vaya a un lugar que usted conozca, donde lo conozcan a usted.

 

Una vez allí, como si visitara la casa de un o una vieja amante, simplemente desnúdese de sus inhibiciones y deje que su anfitrión o anfitriona los dirija en su viaje de placer.

Los guisos de Yuya están ¡BRUTALES!

Para los amantes del gusto criollo en el área de Ponce, hablar del Fogón de Yuya, es hablar de una basílica sagrada.

Los ‘convertidos” peregrinan diariamente, o por lo menos varias veces en semanas, al barrio Vallas Torres de Ponce como si se tratara de una obligación dogmática.

El menú de este espacio de reafirmación culinaria boricua incluye las delicias reglamentarias de una buena fonda. Es decir desde chuletas, carne frita, chicharrones y pollo al horno, hasta arroz con jueyes y salmorejo los sábados.

Sin embargo lo que realmente distingue al Fogón de Yuya del resto de las fondas en el sur es el increíble gusto de los guisos.

Entre estos se encuentran el pollo guisa’o,  el fricasé de cabrito que engalana el menú los jueves, y el fricasé de ternera entre otros. Por supuesto, para los línea dura se destaca la pata de cerdo guisa con garbanzos o chícharos y  el cuajo guisa’o.

Para muestra con un botón basta, y el botón aquí es el pollo guisa’o que sale con arroz, habichuelas y tostones o amarillo.

De paso, cuando se dice habichuelas, en Yuya son habichuelas de verdad. De las mejores de la comarca, y si son blanca, ni se ocupe, como decía el jíbaro.

Volviendo al pollo guisa’o, de tan solo probarlo el comensal se percata de que este se preparó, con calma y cariño.

Hervido a fuego lento, despacito; el resultado es una carne pollo que se desborona dejando descubierto un frágil huesito que ofrece la riqueza del sabor de su médula. Simplemente increíble.

El espeso y amarilloso caldo es el sincretismo del sabor de los huesos del pollo, de las prácticamente desaparecidas papas, las aceitunas, el cantito de salchichón  y las especies como el culantro y la hoja de laurel.

Ahora, para  poder disfrutar de este guiso en su mejor punto, el comensal tiene que tener un sentido impecable del tiempo.

Es decir, si llega en el momento preciso, podrá disfrutar de lo que queda en el fondo de la olla. Allí se encuentra el zumo del plato, los pedacitos caramelizados del pollo que se pega al fondo. ¡Descomunal!, como dicen los jóvenes.

Claro está que si espera mucho puede que no le toque. Por que como toda buena fonda, en el Fogón de Yuya, cuando se acaba, se acaba. Hay que pedir otra cosa.

Fin de semana “extra crispy”, a lo boricua.

En tiempos en que la alta cocina es cada vez más compleja, llena de aromáticos, hierbas y múltiples ingredientes, hay ocasiones en que se desea regresar a lo básico.

En esos momento nada como la cocina tradicional, la de abuela. Esos platos que en inglés le llaman “confort food” y que nos remontan a la niñez.

Probablemente el viejo Freud tiene una explicación “kinki” para ese apetito por las  delicias del pasado.

En realidad no importa, lo importante es que esas amenidades nos hacen felices, nos llevan, como dice Silvio Rodríguez, ese lugar donde guardamos “raíces y luceros”.

Este fin de semana fue uno de esos viajes por la autopista de la nostalgia culinaria.

Nostalgia que para los boricuas de pura cepa “tiene” que ser frito. Ya lo dicen los sureños estadounidenses, “si se puede hervir, hornear o grillar; porqué no freírlo”.

Todo comenzó sábado en la mañana. Después del café expresso,  las opciones se desplegaron sobre la mesa, avena con canela hecha en casa o frituras de las de Bélgica, en Ponce.

Unos 15 minutos más tardes, la amarilla luz de la vitrina revelaba los objetos del deseo: un cono de jamón de cocinar, un domplín, una alcapurria y para bajarlo un jugo de china grande.

Estas delicias son el producto y orgullo de un negocio que ni siquiera tiene rotulo, pero que desde la década de los 70 sirve a sus clientes desde la calle Cruz casi esq. Gran Vía.

Definitivamente uno de los secretos culinarios de la Cuidad Señorial. No necesita rotulo, en Ponce, los que conocen, saben donde está.

Tras ese desayuno de campeones y las tareas típicas de los sábados, la llamada de unas amistades puso en movimiento la segunda conspiración del fin de semana.

Como decía El Padrino, “una oferta que no se podía rechazar”. La invitación giraba en torno una batea de “arrayaitos fritos” en la Fonda de Ángelo en Santa Isabel.

Parecía que el eclipse lunar de la pasada semana despertó necesidades psicológicas por el colesterol.

¿Quién sabe?  El punto es que a eso de las una de la tarde nos enfrentamos a las tarea impuesta. Doce “arrayaos” acompañados de cervezas que servirían de entrada al almuerzo de los cuatro que compartíamos la mesa.

Sin embargo, los planes cambiaron tan pronto probamos el primer peje. “Olvídate de pedir otra cosas. “Ordena otra docena y que la acompañen con tostones.” sentenció uno de los comensales, descartando el conejo en tamarindo o el plato de codorniz que anunciaba la pizarra del menú.

La simpleza del pescado frito sazonado con adobo tradicional no tiene comparación y atestigua el nivel de técnica culinaria de Chef Ángelo.

Estos pescados fritos son la suma de múltiples texturas que comienza con la crocante piel, luego da paso a la delicada carne blanca de los pequeños peces. A la experiencia sensorial se le suma la textura crujiente del rabito que puede ser descrita como un “chip” de pescado.

Por supuesto, tras comerse el cuerpo y el rabo, solo queda la cabecita del peje, que para los más atrevidos representa toda una gama de experiencias sensoriales adicionales.

Si usted visita la Fonda de Ángelo, debe probar las delicias del menú, pero asegúrese de probar los “arrayaitos fritos”. Claro está,  puede que termine solo comiendo los pescaditos.

Sobrevivido el exceso decadente del sábado, el domingo se suponía que fuera una oportunidad para la prudencia.

Sin embargo el destino tenía otra charada preparada. Otra llamada telefónica de un amigo, puso en curso una secuencia de acciones que culminaron cuando el grupo de amistades se apoderó de una mesa en el Star Light de Güigüi en Adjuntas.

Si uno habla de cosas fritas, el Star Light de Güigüi es la “Meca”. 

El  plato insignia es el chuletón de cerdo que sale con más de 20 tostones.  Si, leyó bien, más de 20 tostones.

El chuletón de cerdo, que algunos llaman chuleta Kan Kan, es uno de eso platos que se ponen de moda y que el éxito mata la calidad. En muchos sitios esta delicia porcina termia siendo un gortesco pedazo reseco de carne maltratada en aceite viejo.

Sin embargo, a pesar de la gran cantidad de patrocinadores, en el Star Light de Güigüi el plato se presenta con sus mejores galas. La carne jugosa y dorada, se complementa con la tirita de manteca que sostiene el crocante cuerito que define esta delicia.

Así las cosas, el fin de semana fue uno de exceso decadente que en algún momento le dejará ganancia al cardiólogo. Mientras tanto, fue como “visitar un lugar donde guardo raices y lucero”.

No importa lo que diga Freud, ni el futuro viaje al cardiólogo… Life is good.