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El Zen del “límber”

El índice de calor rayaba en los 3 dígitos.

Tras más de dos horas en la oficina del médico, llegué en mi bicicleta a la pequeña farmacia comunal que frecuento.

De golpe, la cosa no se veía bien.

Como cinco personas hacían fila, mientras un niño, producto de la genética de las clases altas de nuestro país, daba cátedra de lo que es déficit de atención, del egocentrismos resultante de malacrianza y de la falta de dos buenas nalgadas.

A pesar del factor sanador de la bicicleta, mi principal medio de transporte desde que el precio de la gasolina superó al costo del “Foie Gras” o el bacalao, mi estado de ánimo era hostil.

Me dolía el cuerpo, no podía respirar bien, la infección en los pómulos hacia difícil el concentrarme y por supuesto las boberías que hablaban los tres animadores del programa de radio sintonizado en la farmacia, no ayudaban tampoco.

En medio de aquella tragedia que era mi día, la logré ver entre la gente que estaba en fila y el niño que estaba jodiendo.

Como tecato que tiene su cura “atrasá” me hice espacio entre la gente y llegue frente a esa belleza estimuladora de mi lujuria.

Allí, como espejismo en el desierto, una congeladora con tapa de cristal. Sobre el vidrio un letrero escrito a mano: “Límber Tito, $1.00”

Había pasado antes frente a estas congeladoras, las hay en las gasolineras, algunas cafeterías y en negocios comunales como esta farmacia, pero nunca me fijé en los tesoros que alberga.

En su interior, decenas de vasitos plásticos cargados de dulces sabores, evocaron mi niñez.

Coco, mantecado, frambuesa, limón, eran solo algunas de las delicias incluidas en la selección.

Sin pensarlos mucho y guiado por la sed, abrí uno de limón.

Aquello fue como mágico, el dulce y amargo del jugo congelado relajaba mi espíritu según bajaba la temperatura de mi cuerpo.

Ya, el esperar no era problema, las idioteces que hablaban en la radio no me incomodaban y el muchachito jodiendo no era importante.

Estaba allí, solo en medio de todos, haciendo el amor con mi límber de limon.

Sin darme cuanta me transporte casi 40 años en el tiempo, comenzaba la década del 70, las tres de la tarde y recién salía de clase.

A unos 50 metros de la escuela “privada” donde mis padres me enviaron con la esperanza de que las futuras generaciones de mi familia subieran en la escala social, se encontraba un chinchorito donde una señora cuyo nombre creo que era Doña Marta, preparaba los más sabrosos límbers, en cubeta por supuesto.

Regularmente la selección no era mucha, frambuesa o mantecado. Si había suerte, puede que tuviera de coco o limón.

Obviamente,  en aquella época los límbers no venían en vasitos. Si pedías uno, te costaba 5 chavos y lo despachaban en un moldecito de papel que los gringos usan para hacer “cupcakes” y si pedías dos, eran 7 chavos y venía en un cono de papel.

Comerlo sin que el “colora’o” de la frambuesa que te duraba dos horas en los labios terminara en la camisa de tu uniforme requería de un nivel de maestría impensable para mi en este momento.

De vuelta al presente, mientras saboreaba la parte final de la ahora semi-congelada delicia, mi mente divagaba en la eterna pregunta.

La ancestral interrogante que, como los “koan” del zen japonés, no tiene una respuesta lógica.

Ese cuestionamiento que de resolverse nos abriría las puertas del Nirvana.

¿Por qué carajo los puertorriqueños llamamos “límber” a estas delicias congeladas?

¡Ommmmm!

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