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Despues de todo el campo no es tán malo…

Lo confieso, soy citadino.

 

Me gusta la ciudad, saludar la gente en la calle, la energía de miles o millones de gente en movimiento, lo mismo San Juan, que Nueva York, que Barcelona.

 

No me importa esperar por guaguas o trenes y me encanta la amalgama cultural y culinaria de los grandes centros urbanos.

 

Todo aquel discurso romántico construido por la izquierda durante la década del 1970 que nos invitaba a volver al campo es muy bonito, pero no es para mí. Lo siento Alberto, pero no me voy pa’l campo.

 

Sin embargo, a pesar de mis reservas, este fin de semana me encontré, bajo el más monumental aguacero que recuerde en buen tiempo, camino al pueblo de Adjuntas.

 

La razón para someterme voluntariamente a este peregrinaje bajo lluvia, no podía ser otra que la expectativa de comida criolla preparada “old school”. Probablemente la única motivación posible pa’coger aquel aguacero infernal, ¿Cuál mas?

 

Unos 30 minutos más tarde, guiando por la carretera numero 10, entre la lluvia divisamos la intersección con la carretera 521 que nos lleva al barrio Vegas Arriba del Pueblo del Gigante Dormido.

 

Cuatro kilómetros más arriba, allí estaba, inconspicuo, sin pretensiones, un edificio sencillo con dos puertas de hojas y un rotulo hecho sobre un pedazo de madera que lee “Rest. D’ la Montaña”. Parece cualquier cafetín de cual barrio de la Isla.

 

El interior despliega la misma simpleza, un mostrador y mesas con bancos para sentarse.

 

Por supuesto, el lugar central del salón es una vitrina iluminada con bombillones que enardecen bandejas de arroz blanco o con gandules, pasteles, costillas  en medio de aquella tarde lluviosa y que hace que el comensal sepa que va a comer en familia.

 

De inmediato una hermosa señora rubia, boricua autentica, prototipo de la mujer montuna de nuestro país, llegó, se presentó y dejo el menú.

 

Bajo aquella torrencial lluvia y con un palito de ron y china fresca en la mano, aquella frugal carta se leía como el más excitante cuento erótico.

 

Además de lo que orgullosamente se desplegaba en la vitrina, la carta incluye mofongos, sopones de camarones o pollo y cerdo asado, entre otras delicias. De paso, nada es de dieta.

 

De primera impresión, en este pintoresco lugar, nada parecia fuera de lo normal o espectacular. Sin embargo, la simpleza y la cotidianidad duró hasta que llegaron los platos.

 

El Caldo de apariencia inocente explotaba al paladar, la esencia del sabor a hueso hervido por largo rato, se balancea con las hojas de culantro criollo, ajisitos dulces.

 

Por supuesto, en mi caso no pasaron dos segundos cuando el delicado caldo se espesó con la mitad de la bola de mofongo que de inmediato le eché dentro.

 

Para acompañar este potaje, incluí una “librita” de lechón asa’o.

 

Wow, la carne del puerco, firme pero tierna y no muy grasoso. Esto, a pesar de que la forma de trinchar la carne siempre incluye un poco de grasita y cuerito dorado y tostado al punto.

 

Perdóneme padre porque he pecado… me “jarté” como demente.

 

Por supuesto que tuve que probar tanto, el sopón que pidieron mis compañeros de mesa, como el arroz con gandules.  Qué clase de arroz, con sabor a campo, ese sabor a hoja de plátano que se queda en la boca después de comer un buen arroz con gandules, granoso, ni seco, ni mojadito, simplemente “como Dios manda”

 

Me avergüenza admitirlo, pero tras la soberana “jartera”., no tuve problemas en dejarme llevar por el dulce hedonismo de los postres. En la mesa se pidieron flanes de coco, queso y café. Este último, parecía que tomaron la tasa de café que la abuela colaba en media y la coagularon en una sabrosa crema. Bien Bueno.

 

Sin embargo, el mejor de los postres resultó ser el más simple, el dulce de lechosa. Lechosa verde caramelizada en azúcar y canela, molida no en trocitos, increíble.

 

Oh  Dios, no hay el más mínimo pudor.

 

En este momento, ya no importaba la lluvia, ni los 40 minutos de viaje, mucho menos las curvas de la carretera 521 y muchísimo menos el frió que rallaba en los 65 grados.

 

Cuando viene a comer, la variedad típica de los grandes centros urbanos tiene un encanto especial. Pero definitivamente, cuando viene a comer criollo, el campo… “It’s the real thing”.

 

Cuando viene al “real thing” el Rest ‘D’ La Montaña en Adjuntas, esta al frente por la clásica milla.

 

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La empanadilla, la tradición y la deconstrucción.

Está dicho, “para el que mira concientemente no hay misterios ni secretos”.

 

Gracias a mirar concientemente llegué a uno de esos negocios que el tiempo ha consagrado como “un buen sitio para comer”. Después de todo, “solo” lleva 30 años sirviendo a la comunidad.

 

Desde hace meses, mientras el diario vivir me llevaba a transitar por el boulevard Tito Castro de Ponce, podía notar que durante las mañanas en la avenida La Ferrí, en la parte posterior de una casa, siempre había mucho movimiento de público.

 

Tras algún tiempo recolectando inteligencia, era fácil llegar a la conclusión de que allí se vende comida y que debe ser bien buena.

 

Cómo dudarlo, todas las señas estabán presentes.

 

Para comenzar, no hay un rotulo que defina que allí ahí un negocio. Solo una pared pintada de verde bosque (Forest green) y una reja donde hay una ventanilla. Los que saben, saben, no necesitan rótulos.

 

Segundo, la constante presencia frente al negocio de vehículos comerciales y públicos, entre ellos obreros de construcción, policía, empleados de la AEE, etc., solidifica y expande la hipótesis. No tan solo allí se debe comer bueno, debe ser barato.

 

El otro indicio, la presencia de personas mayores, que atestigua que el gusto de lo que sea que allí venden, debe ser bien criollo.

 

Con toda esa “inteligencia” recolectada y analizada, no hay otra alternativa que lanzar una escaramuza de corroboración.

 

Con tan solo llegar al negocio, el que conoce sabe que llegó al “real thing”.  La fila desorganizada, mas o menos todo el mundo sabe cuando le toca su turno. Por supuesto, todos tienen, a la misma vez, una conversación diferente con el “Don” que está despachando.

 

Otra señal indiscutible de que el lugar es real. Una impecable vitrina de cristal con cuatro bombillones que incuban y le dan cariño a una lista de exquisiteces criollas.

 

Entre ellas, alcapurrias, empanadillas y rellenos. Algunos de carnes, otros de jueyes o pollo, asumí desde mi ignorancia y prejuicios.

 

La inocente y común pregunta  “¿De que tiene frituras?” fue suficiente para, como contraseña secreta, abrir ante mi toda una amalgama de  redefiniciones y reconstrucciones de lo que pensaba eras alternativas viables de frituras.

 

Con la tranquilidad de aquel sabe que lleva muchos años haciendo las cosas como “Dios manda”, don Mandi me dijo, las alcapurrias y los rellenos son de pollo y jueyes.

 

Empanadillas, hay de carne, pollo, jamón y queso mosarrella, carne y queso mosarrella, jamon ahumado y queso mosarrella, y de lasaña. “Todo preparado aquí” termino diciendo el Don bajo la mirada supervisora de Doña Julia que en la parte de atrás manejaba varios calderos de aceite hirviendo.

 

¿De qué, de jamón y queso mosarrella? Eso tengo que probarlo fue mi respuesta visceral.

 

El resultado interesantísimo. El queso fundido adquiere los jugos y sabores del jamón, creando una placentera fusión. Es como un mosarrella stick pero elevado a otro nivel.

 

Tras probar la delicia, de inmediato les expresé mi sorpresa, agrado y complacencia a mis anfitriones.

 

La respuesta del Don fue, “eso no es ná”, tiene que probar la empanadilla de pionono.

 

Mi universo se distorsiono, empanadilla de pionono, eso suena a una empanadilla rellena de carnes y pedacitos de plátano maduro. Wow…

 

Pos eso mismo, pero diferente. La empanadilla estaba rellena de un majado de plátano amarillo salteado o guisado a la criolla con carne. Una especie de “fufu” cubano fortificado.

 

¡EXPECTACULAR!…

 

Los gourmet dirían que es la deconstrucción de un tradicional plato de la cocina popular boricua.

 

Yo por mi parte digo que no importa como lo quiera uno definir, es bien bueno. ¿Cómo es que a nadie se le ocurrió está delicia anteriormente?

 

En fin, esta visita demuestra antes que todo que si uno quiere saber donde es que se come bien, con estar alerta y mirar concientemente, es suficiente.

 

También demuestra que nuestra comida criolla esta siempre en evolución. Que mientras usted lee estas líneas, alguien en alguna cocina del País, busca como crear, definir, redefinir, construir, reconstruir o deconstruir, los sabores que nos hacen una nación gastronómica única.

 

Por tanto, a don Nandi y doña Julia, gracias, es por personas como ustedes que realmente crece nuestro acervo culinario.

 

A los cientos de chef que cada año salen de las escuelas culinarias, comiencen a mirar con ojos concientes. No hay razón para que platos como las empanadillas de pionono, no estén listadas en sus menús.